
Habitación luminosa. Claridad, privacidad.
La luz entra a través de las tupidas cortinas, envejecidas por el paso del tiempo, pero conservando aún parte de su blancura inicial. Si miras fijamente, parece querer atravesarte. Se enreda en tu retina y durante unos segundos juega con tu pequeña pupila.
La habitación cobra vida, los colores se recrean, desordenadamente ordenados, creando así un nuevo espacio, en el que poder disfrutar de cada una de las curvas de tu cuerpo.
Mi mano recorre tu silueta, dorada por los rayos solares que entran tras la ventana. Se eriza tu pelo.
Mi dedo serpentea alrededor de tus lunares, y encuentra un recoveco debajo de tu oreja que te hace estremecer.
Voy, aventurera, buscando sitios sin conquistar. Pruebo con mis labios de ti. Con mis manos. Con cada parte de mi cuerpo, que se une a ti como un imán que atrae el polo opuesto de otro.
La música fluye a nuestro alrededor. Es suave y lenta, como nuestros movimientos.
Calidez, humedad. Nuestro pequeño mundo en estado puro.
Después, tus brazos se hacen confortables para mí. Como una niña indefensa me dejo cuidar por ti.
Mi protector. Un héroe sacado de mi propia novela caballeresca.

